LISTORRETA: DOMINGUEROS, CUEVAS,QUIRÓPTEROS Y ALGÚN CROMAÑÓN

Este es el plan perfecto para quedar con esos amigos que asocian un día en el campo con una pantagruélica barbacoa regada con generosos  caldos y licores.

Para llegar al Parque de Listorrera debemos ir a la parte oriental de Guipúzcoa. En Rentería tomamos la carretera GI-3671.Pasamos junto al caserío Perurena y por delante del afamado restaurante Mugaritz. La carretera nos deposita en una zona con aparcamientos señalizados.

Cuevas de Landarbaso.
Foto: Angi Gomal

Si acudimos un día festivo y de buen tiempo, nos encontraremos con multitudes que ocupan las barbacoas y las mesas. Es fundamental la organización. Podemos enviar de avanzadilla a nuestros amigos con hijos, ya que se ven obligados a madrugones pueriles. Nosotros, tranquilamente, estaremos en casa leyendo la prensa y preguntándonos si algún día ayudaremos a que Gupúzcoa no sea una de las poblaciones más envejecidas de Europa.

Tras la opípara comida, es el momento de intentar levantarnos de la mesa, caminar y quemar las chuletillas, las chistorras y demás porciones de cerdo que hayamos ingerido.

Hace 24.000 años los antiguos moradores de Rentería vivían en la zona que actualmente ocupa el Parque de Listorreta. Sus viviendas no eran unos impersonales chalets adosados. Aprovecharon las posiblidades que les ofrecía la Madre Naturaleza y se instalaron en una colina, en las llamadas cuevas de Landarbaso o Aitzbitarte.

Familia de mamuts en Rentería.
Foto: Angi Gomal

El clima del que disfrutaba el cromañón era frío, debido a un periodo glaciar. Los bosques ocupaban grandes espacios. La fauna era propia de un clima gélido: mamut, rinocerante lanudo y reno. Además también existían  especies como el oso, el ciervo o el lince.

En el interior de estas cuevas se encuentra el primer yacimiento paleolítico descubierto en el País Vasco. En 1892, Modesto del Valle Inzaga, conde de Lersundi, descubre los yacimientos de Aitzbitarte, donde todavía en la actualidad continúan las investigaciones. Las oquedades eran bastante amplias, secas y orientadas al suroeste. Disponían de un arroyo al pie de la colina, y a su vez eran un magnífico punto de observación para la caza.

El típico Cromañón de Rentería.
Foto: Angi Gomal

Ponemos nuestras anatomías en marcha. Caminamos por la carretera hasta que a nuestra derecha encontramos una pista hormigonada que desciende al encuentro del arroyo Landarbaso.

Prístinas aguas del arroyo Landarbaso.
Foto: Angi Gomal

Debemos remontar este límpido torrente. Es un corto paseo pero la vegetación y la humedad nos hacen pensar que estamos en alguna lejana jungla indonesia.

Camino de las cuevas de Landarbaso.
Foto: Angi Gomal

Un paseo por la Prehistoria.
Foto: Angi Gomal

A nuestra iquierda vemos las cuevas que actualmente están cerradas. Años de desmanes de los australopitecus del siglo XX, llenaron de basura y todo tipo de desperdicios el interior de las cuevas. No hay que desanimarse, cruzando un puentecillo sobre el arroyo podemos visitar la cueva más grande.

Puentecillo sobre el arroyo Landarbaso.
Foto: Angi Gomal

Hay que advertir de que la cueva de Aitzbitarte 4, no es lo que podríamos llamar una “cueva turística”. Está abierta al público, pero cada uno entra por su cuenta y riesgo. Dicho esto, es necesario entrar con calzado adecuado ( abstenerse de chancletas y zapatos tipo  Jimmy Choo). Debemos llevar una buena linterna para no convertir la visita en un paseo táctil.

Entrada de la cueva Aitzbitarte 4.
Foto: Angi Gomal

El recorido es breve y para casi todos los públicos. No hay ni grandes peligros ni estrecheces angustiosas. La posibilidad de perderse es tan remota como la de ver a Mariano Rajoy cumplir una promesa electoral.

A la entrada vemos unas neopinturas hechas por algún espontáneo. Nos parecen graciosas, quizás dentro de miles de años sean estudiadas como arte rupestre del siglo XXI.

Neopinturas en una viejocueva.
Foto: Angi Gomal

Hay que iluminar los techos de la cueva para admirar sus formas y jugar a descubrir los murciélagos que habitan en la oscuridad. No es una cueva espectacular, pero tiene el encanto de no tener iluminación artificial ni la compañia de hordas de turistas.

No profanar el sueño de los quirópteros.
Foto: Angi Gomal

Hace aproximadamente unos 10.000 años comienza una época de cambio climático. Se deshiela el enorme casquete de hielo que cubría el hemisferio norte. Aumentan las precipitaciones y sube la temperatura. Sube el nivel del mar, erosionando la línea de costa. Así se fue conformando el actual relieve.

Esta mejora de las condiciones climatológicas permite a los pobladores de las cuevas de Aitzbitarte abandonar sus refugios y encaminarse a descubrir el vasto mundo circundante. Unos cuantos siglos después, sus sucesores harán lo mismo, sólo que esta vez en busca de pisos de protección oficial.

Escaleras hacia el centro de la Tierra.
Foto: Angi Gomal

Encontramos una barandilla y unas escaleras que descienden un breve trecho. Es el final del recorrido. La vuelta será fácil, siempre que no hayamos olvidado poner pilas alcalinas a nuestras linternas.

El agua esculpe caprichosas formas.
Foto: Angi Gomal

Observamos que los murciélagos se van agrupando. Años de visionar películas de la Hammer, nos hacen ver que es la hora de salir antes de que nuestras pesadillas con Christopher Lee se hagan realidad.

Murciélagos arracimados.
Foto: Angi Gomal

Vislumbramos la claridad de la luz del día y nuestros cuellos siguen incólumes. Podemos salir al exterior sin temor a convertirnos en polvo.

Galería de entrada a Aitzbitarte 4.
Foto: Angi Gomal

Existe una leyenda, según la cual en una de las cuevas vivía un caballo. A veces, se le veía en la entrada de la cueva, y al poco tiempo, aparecía sorprendentemente en la cocina de un caserío cercano. Esta leyenda vendría a demostrar la extensión de las cuevas y como comunicaban diferentes lugares. Aunque no sabemos muy bien para qué quiere un caballo entrar a una cocina, a no ser que sea un adicto a la cafeína.

La claridad nos indica la salida.
Foto: Angi Gomal

Es hora de regresar al campamento base: la zona de barbacoas. Vemos que algunos neocromañones siguen royendo los huesos. Su visión, lejos de quitarnos el apetito, lo acrecienta. Y es que, quien más, quien menos , lleva un cromañón en su interior.

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