La corriente del río Huchet: dunas, marismas y una extraña señal maritima

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El río serpentea hasta ser devorado por el Océano Atlántico.

No caeremos en tópicas metáforas sobre los ríos, pero este paseo nos puede hacer sentir como exploradores durante unos kilómetros. Para ello, es fundamental elegir un día y una hora que nos procuren cierta soledad y sosiego, ya que las muchedumbres alteran la percepción de los paisajes

En este paseo no seremos el Marlow del “Corazón de las tinieblas”, en su infernal viaje por el río Congo, y ningún lugareño gritará: “¡El horror, el horror!”, pero podemos gozar de un río asediado por dunas, acompañado por un bosque y habitado por aves tranquilas.

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Río arriba Foto: Angi Gomal

En el sudoeste de Francia, en la región de Aquitania, en el departamento de Las Landas, se encuentra el río Huchet.

Es la corriente de Huchet, conocida también como el canal del “Étang de Léon”

Para iniciar el paseo tenemos que llegar hasta el pueblo de Moliets-et-Maa  y tomar la carretera que se dirige hacia la playa (D117), poco antes de llegar a la playa , una desviación a la derecha indica”Courant d´Huchet”.

Podemos llegar la punto de partida en bicicleta, pero tendremos que dejar el velocípedo a la entrada de esta Reserva Natural,ya que en este recorrido no se permite la circulación de bicicletas.

 

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Las dunas escoltan las aguas hasta la desembocadura. Foto: Angi Gomal

Desde el pequeño aparcamiento bajamos a la playa para comenzar el paseo.

Es una experiencia gozosa de unos 10 kilómetros llanos por la margen izquierda de este acuoso cordón umbilical, que une el lago de Léon y el océano Atlántico. Caminamos río arriba.

 

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Las barcas surcan la indómita corriente. Foto: Angi Gomal

 

 

Una humilde barca amarrada nos recuerda que este río es navegable.

Los bateleros comenzaron su actividad en 1920 y, en la actualidad, de  abril a octubre, previa reserva, se puede hacer este paseo fluvial.

El Lago Léon y la “Courant d’Huchet”  se dieron a conocer en 1905, cuando el poeta y reconocido periodista Maurice Martin, organiza la exploración con el fin de promover la costa Aquitania, que bautizó como La Costa de Plata”

El río Huchet alcanzó  notoriedad gracias a Gabrielle D’Annunzio. De estancia en  Hossegor, se entera de las actividades de unos pescadores de anguilas que navegan río abajo  hasta el mar.

Se  interesa por el lugar y, en 1910, se produce la primera visita oficial en la compañía de otros hombres de letras. El artículo publicado en L’Illustration: “Una tierra virgen en Francia“,  lanza a la fama este singular paraje.

 

 

 

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Las orillas se van tornando impenetrables. Foto: Angi Gomal

Por momentos, la senda se aleja de río y penetramos en un pinar, debemos obviar los senderos que aparecen a nuestra derecha.

La ribera de río se va tornando impenetrable, pero no nos engañemos, este paisaje está totalmente domeñado por la mano del hombre.

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Pinos y arena, las Landas en estado puro. Foto: Angi Gomal

El camino se aparta de la orilla del río y se interna en un pinar, unas señales nos llevan por un ancho camino hasta un discreto observatorio de aves.

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La corriente arrumba un embarcadero. Foto: Angi Gomal

Hemos llegado a las marismas de La Pipe, la quietud es total, y nos gustaría congelar el tiempo, y disfrutar este momento durante una breve eternidad.

 

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Marismas de La Pipe. Foto: Angi Gomal

 

Las marismas de La Pipe han cambiado su morfología a lo largo de los siglos. En 1837 eran unas marismas salobres, sometidas a la influencia de la marea.

En 1956 se destruye el umbral natural del suelo donde se asienta el valle que alberga la marisma, dando como resultado que baja un metro el nivel de las aguas, secando las marismas.

Entre 1985 y 1988 se construyen tres presas hechas de madera, recuperándose el nivel del agua, también se idea un sistema de planchas móviles que regulan el caudal del agua.

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Calma, quietud, sosiego… Foto: Angi Gomal

 

Continuamos río arriba, y llegamos al puente de Pichelébe, qe salva las aguas de río Huchet. Podríamos continuar hacia el lago de Léon, pero el ocaso está cercano.

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El Amazonas de las Landas. Foto: Angi Gomal

Al cruzar el puente y dirigirnos hacia la costa, advertimos un elemento extraño que se recorta en el horizonte. En un principio, nos horrorizamos pensando que puede ser algún tipo de monstruoso cartel publicitario de alguna horrenda urbanización playera.

Ante nuestros atónitos ojos aparecen dos enormes triángulos sostenidos por una estructura metálica.

Esta extraña aparición que mira al mar, nos deja descolocados e imaginando cualquier atrocidad urbanística, nos sulfuramos, y a punto estamos de arremeter contra este gigante que nos desafía altaneramente.

 

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Una extraña señal mira el mar. Foto: Angi Gomal

 

Este gigante de hierro es, en realidad, una estructura que se conoce como “Amer d´huchet”, y es una baliza del siglo XIX, eregida para guiar a los barcos. Está en la lista de de faros protegidos como monumentos históricos de Francia.

Este atípico faro fue erigido en 1865, y constaba de dos vistosos triángulos de color banco y negro. En 1890 fue reemplazado por otra “balise” de la misma forma pero de metal.

Esta señal se encuentra entre Capbreton y el faro Contis. Su emplazamiento en una franja costera sin referencias visuales, sirve como punto de reconocimiento para los navegantes de la costa landesa.

Consta de dos triángulos de siete metros de ancho y seis metros de altura, espaciados por dos metros de altura, pintados el primero (el más alto) en blanco, y el segundo en negro. La corrosión ha borrado el color de ambos.

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Las dunas acechan al río Huchet. Foto: Angi Gomal

 

La opción más prudente para regresar al punto de partida, es desandar el camino, y volver por donde hemos venido.

Nosotros optamos por llegar hasta la playa y regresar caminando junto al mar,esto supondrá vadear el río y mojarnos un poco.

Así, entramos en contacto con este río que nos ha proporcionado una expereriencia que hay que atesorar para días aciagos

 

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Vadeando el río Foto: Angi Gomal

 

 

 

 

 

LAS LANDAS: LA BATALLA CONTRA LAS DUNAS

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Ocaso en las Dunes du Sud.
Foto: Angi Gomal

Al cruzar la frontera por Hendaya, el tren os lleva hacia Burdeos y hacia París, rodando bajo los pinos de las landas.

El camino, por contraste con las montañas del país vasco que dejáis atrás, se os antoja cómoda senda abierta al través de un parque señorial.

Ese parque inmenso, tendido sobre la dilatada extensión del Sudoeste francés, no es sino enmienda que á  la Naturaleza impusieron el genio de un hombre y la obstinada perseverancia de varias generaciones de mujeres.

Antonio G. De Linares, “La Esfera”, año 1921.

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Resinero, año 1903.

El paisaje actual de las Landas es el triunfo, momentáneo, del hombre sobre la Madre Naturaleza, sobre El Destino.

Si los Países Bajos ganaron una batalla al mar con la creación del pólder, los franceses iniciaron, a finales del siglo XVIII, una batalla contra las dunas que amenazaban con engullir toda una región a su paso.

El reinante viento del oeste empujaba las arenas del golfo de Gascuña a una velocidad de 20 a 25 metros por año. A esa velocidad la ciudad de Burdeos hubiera quedado cubierta en 20 siglos.

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Las pinères de las Landas,año 1921

El ingeniero civil Nicolás Thomas Brémontier (1738-1809) publicó en 1790 “Memorias sobre las dunas”.

Brémontier describía la dramática situación:

“Toda esta enorme masa marcha junta a la vez y entierra insensiblemente los campos cultivados, establecimientos preciosos, aldeas, campanarios, bosques enteros y, en fin, todo lo que encuentra a su paso”.

Las arenas cegaban el curso de los ríos y arroyos, lo que provocaba inundaciones y la creación de pantanos insalubres.

El Codex Calixtinus retrataba, en el siglo XII, la región de las Landas:

“Hay que atravesar, luego, en tres agotadoras jornadas las landas bordelesas. Es ésta una región falta de cualquier recurso, falta de pan, de vino, de carne, de pescado, de aguas y de fuentes; de escasa población, llana y arenosa.

Si por casualidad atraviesa esta región en verano, protege cuidadosamente tu rostro de las enormes moscas, vulgarmente llamadas avispas o tábanos, que allí abundan sobremanera. Y si no miras con atención dónde pisas, te hundirás rápidamente hasta las rodillas, en la arena de mar que allí todo lo llena.
Los gascones son ligeros de palabra, parlanchines, burlones, libidinosos, borrachines, comilones, desastrados en su indumentaria, faltos de joyas, pero hechos a la guerra y significados por su hospitalidad con los necesitados. Tienen la costumbre de comer sin mesa, sentados alrededor del fuego y beber todos por el mismo vaso. Comen y beben mucho, visten mal, y se acuestan vergonzosamente todos juntos, los sirvientes con el amo y el ama, sobre un poco de paja entre la suciedad”.

Ya vemos que la arena era un serio problema hace nueve siglos. Lo que no hemos podido comprobar empíricamente es si sus habitantes siguen siendo libidinosos.

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La brava mujer landesa recogía resina y trepaba a los pinos para recoger sus frutos.

El ingeniero Brémontier buscó soluciones para frenar el avance de las dunas, que él calculó en 10 toesas por año (19,46 metros).

Propuso construir empalizadas o cavar zanjas para frenar la arena. La otra idea era la de sembrar pinos y retamas que retendrían la arena.

Finalmente, la creación de pinedas fue el remedio contra el mar de arena que avanzaba sin compasión. El pino marítimo fue el arma que derrrotó a las silenciosas dunas.

Las Landas en miniatura.

Proponemos un paseo breve, poco espectacular, pero que valdría como resumen del país landés.

La carretera que sale de Vieux-Bocau en dirección a Messanges nos lleva hasta una rotonda que da acceso a los campings de ” Le Vieux Port” y “Albert Plage”.

Nos situamos frente al supermercado “Super U, Messanges”. En un lateral hay una pista para bicicletas indicada como “Messanges, Piste 433”. Continuando por este camino desembocaremos en la pista para bicicletas. “Léon -Sustons”, la cruzamos y nos internamos en un bosque.

El camping “Lou Pignada” queda a nuestra izquierda. Nos internamos en un pinar.

Es la reserva de caza y de fauna salvaje de Messanges. Si caminamos sigilosamente, con suerte, podremos observar  a la pizpireta ardilla o al huidizo corzo.

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El pino: salvador de las Landas.
Foto: Angi Gomal

Llegamos a una carretera, continuamos de frente, pasmos junto a unas casas: “Les Tustets” y “Dulong”.

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La quietud landesa.
Foto: Angi Gomal

Proseguimos hasta llegar a la última casa que lleva el acertado nombre de “La Quiétude “. La carretera se transforma en camino.En pocos minutos aprecerá a nuestra izquierda la pequeña laguna de Sdouys.

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La quietud de las mansas aguas.
Foto: Angi Gomal

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Las nubes de tormenta se reflejan en la laguna Sdouys.
Foto: Angi Gomal

Las dunas convirtieron los golfos de agua salada en estanques de agua dulce, alineados de norte a sur, se bastecen de corrientes de agua, cuyos sobrantes van al océano.

En las Landas podemos disfrutar de paseos por los numerosos estanques y lagos que salpican su geografía.

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Agua y acebo.
Foto: Angi Gomal

Esta pequeña laguna es un lugar placentero, donde reflexionar sobre la genialidad de Brémontier y la lucha titánica de estas gentes por salvar su hogar de las imparables dunas.

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La laguna tiene su lado salvaje.
Foto: Angi Gomal

Las Landas es también el Océano Atlántico. La costa tiene un perfil homogéneo, donde disfrutar de 106kilómetros de playas abiertas al océano y cerradas hacia el continente por el cordón de dunas litorales. Sólo el puerto de Capbreton, la bahía de Arcachon y la desembocadura de algún río  o corriente surgida de algún lago, rompen la línea de playa.

El atardecer nos sorprende en las dunas. Parecen inmóviles, apacibles, domesticadas, gracias Brémontier.

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La dunas domadas.
Foto: Angi Gomal